Testimonio DGP: «No existe en el mundo fuerza más poderosa que el amor de una madre»

Las técnicas de Diagnóstico Genético Preimplantacional (DGP) permiten evitar que el futuro bebé herede las enfermedades genéticas graves que sus progenitores padecen o de las cuales son portadores. Mediante el DGP identificamos qué embriones están afectos por la enfermedad y, de esta forma, podemos seleccionar los embriones libres de mutación y de enfermedad genética para transferir al útero materno.

Hoy, compartimos con vosotros el testimonio de una pareja que llegó a Inebir con el deseo de conseguir un embrión sano, libre de la enfermedad hereditaria y degenerativa de la que uno de ellos es portador, que les permitiese cumplir el sueño de ser padres.

Todo empezó con aquel: “Lo siento, el resultado es positivo, Juan eres portador de la enfermedad”. Hacía muchos años que vivíamos con la sospecha. Desde que la madre de Juan, mi marido, empezó a desarrollar los síntomas de una enfermedad hereditaria de las denominadas “raras”, que destruye el sistema nervioso produciendo daños irreparables a nivel muscular y cognitivo, sabíamos que la posibilidad existía aunque nos costase enfrentarnos a ella.

Así, tras un tiempo intentando digerir el mazazo y asumir que viviremos con el miedo de que la enfermedad haga presencia algún día, comenzamos el camino para ser padres a través del Diagnóstico Genético Preimplantacional (DGP), tratamiento que permite analizar los embriones antes de su transferencia uterina, seleccionando para ello sólo aquellos libres de la enfermedad, e impidiendo así que esta se transmita a la siguiente generación. Nuestro expediente médico fue trasladado a la Unidad de Reproducción del Hospital Virgen del Rocío y, tras aproximadamente un año de espera, nos llamaron para empezar el tratamiento.
Cuando comienzas un tratamiento de fertilidad lo haces con la ilusión y la esperanza de que todo vaya bien, pero también con la incertidumbre y el miedo lógico que produce saber que puede que no sea así y de que vas a someter a tu cuerpo y a tu mente a un proceso desconocido y duro. Durísimo. Se arrastran también sentimientos de frustración y tristeza, y la pregunta, ¿por qué nos ha tocado a nosotros? Cuando ves parejas sanas con hijos concebidos fruto únicamente del amor en la intimidad de su dormitorio, no deja de rondar en tu cabeza. De las primeras consultas en el Virgen del Rocío sacamos la conclusión de que, reproductivamente hablando, todo estaba normal y que, en principio, no debía haber otros inconvenientes para que el tratamiento fuese bien. Pero no fue así.
Nuestra sanidad pública cuenta con grandes profesionales, pero a veces los medios con los que cuentan no son suficientes para que la labor que desarrollan sea verdaderamente eficiente. Las consultas rápidas, tras horas de espera, y la falta de controles hormonales durante el proceso, se traducen en unas tasas bajas de éxito en cuanto a niños nacidos mediante estas técnicas de reproducción en la Seguridad Social.
Obviemos la parte emocional y el apoyo psicológico al paciente, allí no cuentan con tiempo para dedicar a esos aspectos. Tampoco los culpo por ello, están desbordados. Por suerte, me comunicaron la beta negativa un viernes y tuve todo el fin de semana para llorar y llegar el lunes al trabajo como si no estuviese destrozada por dentro. Nadie habla lo suficiente de lo dificilísimo que es compaginar un tratamiento de este tipo con la vida laboral. Por lo general no es una experiencia que guste compartir con tu jefe, de modo que haces de tripas corazón y tienes que ser capaz de asistir a una reunión después de, por ejemplo, recibir una llamada con muy malas noticias sobre la evolución del tratamiento.
El desgaste en la pareja también se hace evidente pues, por mucho que la otra parte quiera apoyarte, habrá momentos en los que inconscientemente estarás enfadada porque a nosotras nos toque, sin duda, la peor parte. Tras la experiencia en la Seguridad Social nos recompusimos y buscamos una clínica privada con la esperanza de recibir un trato más personalizado y adaptado a nuestras necesidades. Así fue como, a través de una muy buena amiga, llegué a Inebir.
Desde el minuto uno entendí que cualquier esfuerzo económico merecía la pena. Tampoco fue fácil, pero gracias a todos los profesionales que conforman el equipo de Inebir el camino se hizo menos duro.
Resultó que mi rendimiento ovárico no era el deseable para un tratamiento de DGP, pues se requiere obtener un número considerable de embriones para descartar luego aquellos que porten la enfermedad, que en nuestro caso se presentaba en el 50%.
Algunos meses no pude iniciar el ciclo por tener la hormona foliculoestimulante alta y otros tuve que cancelarlo por no estar teniendo una buena respuesta ovárica pero, aunque resultara frustrante, y mucho, en todo momento se me explicó el porqué de esas tomas de decisiones y entendí que era sin duda lo mejor para mí, confié en ellos y fue lo mejor que pude hacer.
Recuerdo con mucho cariño el día de la transferencia embrionaria, las caras sonrientes del equipo me hicieron sentir esperanzada, y pasé aquella segunda betaespera con miedo pero con emoción.
El 5 de junio de 2017, tras los análisis de la beta, recibí la llamada más importante de mi vida. Uno de aquellos embriones, que había vivido 5 días en cultivo en el laboratorio y sufrido una biopsia celular para descartar la enfermedad, se había quedado conmigo. Superó también un hematoma subcoriónico ya dentro del útero que me produjo hemorragias y me obligó a estar en reposo por riesgo de aborto. Hoy tiene cinco meses y nombre de paz y esperanza. Ella, mi hija, aún no lo sabe, pero ya me siento profundamente orgullosa de ella. Cada día al despertarse lo primero que hace es dedicarme una sonrisa y entonces, esta escéptica que escribe, mira al cielo y da las gracias.
Recuerdo que cuando estaba inmersa en la búsqueda, cansada, triste, frustrada y leía relatos como estos, se me antojaban lejanos y, por tanto, poco reconfortantes; sin embargo hoy soy yo quien lo escribo. Es difícil, muy difícil, pero no es imposible. Cuando os sintáis derrotadas pensad que no lucháis por vosotras, sino por ese hijo o hija que seguro vendrá, eso os ayudará en la batalla porque, como ya algunas sabéis y otras pronto (¡seguro!) lo haréis, no existe en el mundo fuerza más poderosa que el amor de una madre.

Si te has sometido a un tratamiento en Inebir, y quieres contarnos tu experiencia, escríbenos a comunicacion@inebir.com

 

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